Tapices en Ceutí 2005

“Texto significa tejido… el texto se hace, se elabora en un perpétuo entretejimiento”, decía Roland Barthes.

En nuestra lengua, las palabras que sirven para nombrar la tarea de tejer son polisémicas, pues sirven también para designar los diferentes aspectos de un texto. Para el lenguaje, cuna de significados, narrar y tejer son la misma cosa.

Así, hilar tiene el sentido de transformar una materia en hilo, pero también el de hilvanar o enlazar un discurso. Podemos hilar fino cuando matizamos un aspecto más inquietante o profundo de la realidad.

Con trama y urdimbre sucede otro tanto. La trama, el conjunto de hilos paralelos que corren a lo ancho de una tela, es también el argumento, el edificio argumental de una narración, su intriga. Por urdimbre designamos los hilos que corren a lo largo de un tejido, como también los elementos que se combinan para la confección de una novela. Urdir es tanto preparar la urdimbre de una tela como concebir un secreto.

Como señala Ruth Scheuing la figura de las diosas o heroínas como tejedoras o hilanderas forma parte de muchas culturas. Son “Hilanderas del hilo de la vida” y “Tejedoras de los Tapices de la Vida y de la Muerte”, o también, “Diosas del destino”. Hilan las Parcas, como lo hacen Penélope, Ariadna o Filomena.

Pendemos de un hilo, cuando las circunstancias se vuelven adversas. Los hilos son metáforas que expresan nuestro siempre modo impreciso de asirnos a la vida, de perdernos en ella o recuperarla.

Y las mujeres, desde el origen, tejen. Desposeídas de la palabra, del orden simbólico que siempre fue patrimonio de los hombres, las mujeres toman los hilos entre sus dedos, entremezclan sus colores, y expresan en un texto que nunca agota su sentido su particular manera de ver el mundo. El arte como expresión de lo que no puede ser dicho de otro modo.

Desposeídas también del poder, el tejido que las mujeres tejen, la obra que su creatividad construye, ha tenido dificultades para ser considerada como un producto artístico. Lo que las mujeres creaban, no era arte sino artesanía. Ha tenido que pasar demasiado tiempo para que los textos-tapices de las mujeres artista entren en los museos, para que los materiales domésticos con los que entretejen sus discursos – lanas, hilos, telas, botones o bordados - , obtengan la consideración que su historia y su uso se merecen.

Las manos de Menchu nos cuentan su historia, exponen sus paisajes, sus sentimientos, los colores que animan su alegría y los que dan luz a su tristeza. El arte como revelación de lo que transforma, como elaboración de lo que duele, de lo que irrita, de lo que es preferible que permanezca al margen, polvo sucio debajo de la alfombra de lo amable. El artista intuye y muestra secretos que a los hombres y a las mujeres les disgusta conocer. Menchu toma delicadamente los hilos y con paciencia infinita bucea en ese Océano Luminoso, donde reinan el Gallopedro, las anémonas y las conchas; se recrea en una Cala Roja, o en enigmático rostro de una Niña Triste, en la mejor tradición pictórica moderna, que llora hacia dentro unas invisibles lágrimas, sin duda, amarillas.

Un hilo inmemorial une el tapiz donde Filomena revela su drama con aquel que entretiene la espera de Penélope, y los enlaza con la obra de Menchu, elaborando una urdimbre universal que los engloba y los trasciende. Un texto mítico que reúne, en una trama argumental inacabable, las verdades que nos constituyen.
Lola López Mondéjar

(www.lolamondejar.com)