SUEñO Y REALIDAD EN LA OBRA DE MENCHU MONDÉJAR

Este es el sentido de la hora feliz: yo y el color somos uno.

PAUL KLEE

 

Nunca ha dejado de sorprenderme la paciente tarea de cruzar los finos hilos de seda, de algodón o de lana, para ir completando la extensión, el ámbito, la topografía del sueño. El tapiz carece de la función utilitaria que posee el tejido de que nos servimos para cubrir nuestro cuerpo o abrigarnos, y ello es así porque no pretende la utilidad sino la belleza. El tapiz es un objeto inútil, como lo es la pieza musical o el poema y, por ello se encuentra dotado de valor propio, intrínseco, que no remite a nada fuera de sí. No busca, insisto, la funcionalidad del vestido sino que, como toda acción artística, persigue la emoción estética.

Como en una densa red donde la trama y la urdimbre se entreveran parece que el universo entero queda apresado en el exiguo laberinto del telar. El arte de la tejeduría posee un carácter demiúrgico en tanto que representa la génesis de lo existente (El Tapiz de la creación de la catedral de Gerona sería un ejemplo paradigmático), traslada en un plano simbólico el acto originario de fundación de mundos (mundus, en su sentido originario de armonía, pulcritud, realidad intacta), de ahí que se encuentre transido de una innegable dimensión poiética, y esto se puede comprobar fácilmente en las variadas narraciones míticas de las diferentes culturas a lo largo de los siglos. La tejedora es entonces la madre, la donadora de destino. Ya se presente bajo la apariencia de Maya, “la tejedora de sueños”, al decir de Buero Vallejo, ya como las Moiras (Átropo, Cloto, Láquesis), hermanas del tiempo y administradoras del devenir. La tejedora despliega el velo de esa ilusión que llamamos mundo, extendiendo desde sí (como la araña) la madeja del destino, el cordón umbilical que se alarga, y se anuda, hasta desenmarañar la región múltiple de lo real. Tejer es crear, es alumbrar, es sacar a la luz aquello que, latente, ambiciona manifestarse.

Tengo frente a mí, colgados de la pared, unos pecios de mundo, los fragmentos de cosmos que la mano perseverante y firme de Menchu Mondéjar ha ido elaborando en su taller murciano. En la textura de sus obras descubro valles, laderas, y también la agitación herbosa de infinidad de seres, y el vaivén insaciable del mar. No es necesario esforzarse para distinguir, en esa suerte de aleph que es cada tapiz, la rotundidad de algún magma germinal que se agita, escondido, en esta profusión de hilaturas de lana, de yute, de lino o de seda africana… La materia vegetal hilada y tintada a mano, se ramifica hasta transformarse en una selva fecunda y generosa. Las formas despiertan de su hondón de quietud y de sueño para estallar ante nuestras pupilas.

La trayectoria de Menchu Mondéjar es rica y dilatada, y ello se muestra de forma patente en la variedad de su obra, tanto en su exigencia formal como en el desarrollo temático. Me referiré, en primer lugar, a la serie titulada Cascadas  en donde los hilos que penden de la caña se precipitan en su caída para romperse en tumulto de espumas; en la serie Eolos, los vientos arracimados quedan insertos en la malla para abrirse después en torbellinos. En Ternura, nos es posible asomarnos a un paisaje de flores malvas, rosas y blancas, que nos ofrendan el resplandor abierto de la carne viva. Con el transcurso del tiempo en la obra de Menchu alterna el volumen que persigue lo elemental (la terrosidad primaria, el musgo, la masa informe que alcanza  a ofrecer un territorio larvario, extrañamente táctil), con las superficies pictóricas, donde prevalece la luminosidad plana del color, siendo entonces la vista el sentido que domina en el juego cenestésico.

Del dédalo que despliegan los hilos al cruzarse (la cruz…, no en vano habló René Guénon, refiriéndose a los tapices, de “cruz cósmica”) van emergiendo, informes, como en un espejo mágico, los seres espectrales de nuestra realidad. Las obras de Menchu a que acabo de hacer referencia son hijas de la luz. Afirmaba que son tapices ‘pictóricos’, y al observarlos de nuevo no puedo dejar de recordar los lienzos de los grandes fauvistas europeos de comienzo del siglo XX. Como fauves (fieras) sus colores saltan sobre nuestras pupilas y nos poseen. La luz cromática alcanza una rotunda materialidad. También la pintura de Paul Klee es un referente claro en determinadas obras de Menchu Mondéjar. Dice el pintor suizo en el Diario III: “El color me tiene dominado. No necesito buscarlo fuera. Me tiene para siempre, lo sé bien. Y este es el sentido de la hora feliz: yo y el color somos uno. Soy pintor”.

Los diferentes viajes que en los últimos años Menchu ha realizado por África han intensificado aún más la presencia originaria de la luz. La del desierto, la de las estepas malinenses…, la luz multiplicada en colores sólidos, queda fijada en el bastidor del telar para darnos resultados como Baobab en el desierto o Los pilares. En El estanque, tapiz que pertenece a la serie marina,  nos devuelve la apariencia cristalina del sueño, del paisaje, tal vez  transfigurado, de la costa levantina y andaluza.

Los tejedores tienen mucho de Penélope cuando tejía y destejía (luz y sombra, día y noche, vida y muerte) el sudario de Laertes, imitando la circularidad del cosmos, la eterna rueda del samsara que nos nace y nos desnace.

En el azogue de los hilos que la lanzadera de Menchu trama sobre la urdimbre nos extraviamos y sospechamos, también, que somos hechuras, lizos de otro telar más vasto que un alhaquín de sueños teje y desteje eternamente.

 

Miguel Florián